El pasado fin de semana volvimos a Navalperal de Tormes. En esta ocasión con Natalio y David al mando, las nuevas incorporaciones de Gonzalo y Juanjo y repitiendo aventura: Jorge, Rebeca y Rosa. Éramos siete en el grupo, cargados de ganas, aunque desde el primer momento la montaña nos puso a prueba. El plan era sencillo: comer algo en el chiringuito, darnos un baño y arrancar frescos. Pero, para nuestra sorpresa, el chiringuito estaba cerrado. Entre las conversaciones, las risas y anécdotas, se nos fue el tiempo y no arrancamos hasta las cinco de la tarde, con un sol de justicia y un calor sofocante.
Ya habíamos hecho esta misma ruta hace 3 años y, mientras subíamos, no faltaban las preguntas en voz alta: “¿Pero quién nos mandaría repetir?”. Lo cierto es que había cuestas que no recordábamos tan duras… o quizá las habíamos querido olvidar. Lo que no habíamos olvidado era la ubicación exacta de una fuente que nos salvó el pellejo la última vez. Con las nieves y las lluvias de este año, ¿cómo no iba a estar rebosante?
Llegamos al refugio de Los Barquillos con la ilusión de tener ya muy cerca la fuente. Apenas unos metros más y la encontraríamos. Pero cuando por fin llegamos a ella, nos llevamos la gran decepción: estaba completamente seca. Después de asumir el chasco, continuamos todos juntos, apretando los dientes en la última subida, esa que parecía no tener fin.
Fue entonces, cuando desde arriba vimos ya las Lagunillas, cuando tomamos la decisión: la avanzadilla continuaría hacia la laguna para ir asegurando el agua cuanto antes, mientras el resto bajaríamos un poco el ritmo y haríamos nuestro camino con calma, paso a paso.
Cuando por fin alcanzamos las Lagunillas, el alivio fue inmenso. Unos se pusieron manos a la obra filtrando agua para rellenar todas las botellas, mientras otros preparaban el vivac. La cena nos devolvió la energía, y pronto nos metimos en los sacos.
El cielo, cubierto al principio, nos dio un pequeño susto con unas gotas de lluvia. Pero solo fue eso: unas gotas. Luego, como si la montaña nos quisiera recompensar, las nubes desaparecieron y apareció un cielo lleno de magia y Rebeca y Juanjo nos regalaron una sesión de astronomía espectacular: el Cisne, Vega, la Cruz del Sur, constelaciones por doquier y hasta alguna estrella fugaz. Fue un momento de esos que hacen olvidar el cansancio y que te recuerdan por qué merece la pena cargar la mochila y subir montaña arriba. Poco a poco nos fuimos quedando dormidos, con la temperatura ideal y la satisfacción de estar justo donde queríamos estar.
La mañana siguiente empezó con movimiento. Natalio y David se levantaron temprano para lanzarse a la cresta del Risco de las Hoces, mientras el resto estirábamos el sueño y desayunábamos tranquilos, observando desde abajo su avance por la arista. Con el walkie a mano, recibíamos noticias que nos tranquilizaban. Mientras tanto, unos subían una canal, otros fueron a por agua y el campamento se fue recogiendo antes de que los escaladores bajaran, que ya nos conocemos y estos chicos son de pocas paradas. A su regreso, les teníamos preparado un tentempié de media mañana antes de iniciar la bajada.
La vuelta la hicimos por la cuerda de los Barquillos, un camino mucho más marcado y agradecido, con el aire acompañando en medio del sofocante calor. El sendero nos llevó de nuevo al refugio y, desde allí, al mismo camino de ida. La bajada se hizo eterna, pero casi al final descubrimos una fuente que en la subida había pasado desapercibida. Esta vez la marcamos en el track. De nuevo, con la ayuda del filtro, rellenamos y nos refrescamos: un regalo inesperado que nos dio fuerzas para encarar los últimos kilómetros.
Y por fin, la recompensa soñada: el río. Nos felicitamos mutuamente y nos lanzamos al agua helada, cada uno a su manera: algunos se zambullían, otros despacio debido al contraste de temperatura y otros remojando las canillas pero todos pasamos por el Tormes. Fue el broche perfecto. Después, Rebeca y Juanjo sacaron un picnic improvisado y terminamos entre bocados, charlas y risas, recordando anécdotas y asegurando que, a pesar del calor y del esfuerzo, había merecido la pena.
Quizá durante la subida nos preguntábamos por qué repetíamos semejante paliza, pero la respuesta estaba clara al final: por las estrellas, por la amistad, por los baños helados y por esa sensación de grupo que hace que cada ruta se convierta en una historia para recordar.
En definitiva, una salida dura pero memorable, marcada por el calor, la falta de agua en la fuente y la gran recompensa de encontrarla al fin en las Lagunillas. Un fin de semana de esfuerzo compartido que nos recordó, una vez más, que la montaña siempre tiene su punto de imprevisibilidad… y su magia.
Y aunque esta era la segunda vez que subíamos, todos lo sabemos: no hay dos sin tres. Así que, tarde o temprano, volveremos a pisar estos caminos… porque la montaña siempre guarda algo nuevo que ofrecernos.
